No hacer nada.

En ocasiones me he visto sorprendida por las respuestas de los chicos con los que trabajo. He intentado escuchar bien aquello que podían necesitar,  me he “currado” una buena propuesta, o bien he repetido aquellas con las que hemos podido conectar en otras sesiones, y sin embargo, no he tenido ningún éxito.

Así que, he intentado afinar aún más mi observación del niño, presentando más ofertas en un tiempo tan escueto que a cualquiera nos hubiera confundido (Así como cuando vas a una tienda y el dependiente no para de ofrecerte cosas en tal de que le compres algo y sientes la necesidad de salir de allí pronto). Y de repente, estoy ahí, aumentando mi propio tono y la rigidez de mi cuerpo, y completamente bloqueada. El niño tiene un tiempo limitado conmigo y “tengo que conseguir” que sigamos avanzando en nuestros aprendizajes.

De esta manera, puede olvidarse ese primer paso para comenzar a acercarte a la persona con la que estás trabajando, (puedes leer más aquí: ¿Sabemos lo que tocamos?). Pero lo que es más importante, se puede pasar por alto algo que para Fröhlich es fundamental: respetar los tiempos del otro.  Recuerdo, entonces, volver al mensaje de aceptación, por encima de todo. Que no hay nada que cambiar en el niño/adulto, que estamos para acompañar en el desarrollo del pequeño siendo esto lo que nuestras manos dicen  y no “que hay algo que arreglar”. Parar un segundo, sin miedo a que “nos vean sin hacer nada” o que “parezca que es demasiado poco, y que debería estar dándole más caña al niño para que avance”.

No sé bien que podrá pasar en el niño, pero sí sé bien lo que está pasando en mí. Dejo de exigirle que esté disponible para lo que quiero ofrecerle en el tiempo que se ha marcado, confío en él o ella, y confío en mí, y no suelen pasar tantos minutos hasta que hay un “voilà” mucho mejor de lo que esperaba. (Aunque podamos sentir que esos minutos hayan sido eternos)

Dice Marta Romo en su libro “Entrena tu cerebro” que no hacer nada es necesario para ser después mucho más creativo. Creo que puedo aplicarlo también a mi trabajo y a mis pacientes. Pienso que a veces, no hacer nada, también es una buena oferta para poder acompañar en el desarrollo a nuestros chicos. Hoy en día, podemos sentir ese “miedo a no ser lo suficientemente productivos” que nos lleva a agendas extenuantes. Y al final, transmitimos aquello que sentimos, siendo muy complicado entonces, trabajar desde la calma.

Quizás es entonces cuando mi escucha,  sin empujarla, mejora. Hay estudios recientes  que indagan sobre la conectividad cerebral que existe cuando no estamos en tareas específicas. Una conectividad mucho más ligada a la introspección que puede darnos las claves para llegar al niño, ahora sí, desde el punto de querer ayudarlo a desarrollarse, y no tanto desde la necesidad de avances del propio profesional, y que puede llenarnos de ideas nuevas más acordes con las necesidades de la persona con la que trabajamos.

Quizás es que no transmito mi exigencia, y me es mucho más fácil conectar sin la carga de expectativas sobre mis hombros, y a veces sin darme cuenta, sobre los de él o ella.

Quizás porque estoy respetando sus tiempos.

Puede haber muchas razones, pero lo importante es que estamos listos para CRECER.